UTOPÍAS CONCRETAS QUE DESAFÍAN LA IDEOLOGÍA DEL NO FUTURO

Paola de la Vega

Hace algún tiempo me acompaña una idea del teórico de los estudios culturales Raymond Williams: “ser verdaderamente radical es hacer la esperanza posible, no la desesperación convincente”. Mientras en el tecnocapitalismo, la disputa por “el relato” en la arena polarizante de los contenidos digitales parece concentrar una ilusión de transformación, las prácticas colectivas que “hacen posible la esperanza” continúan gestando espacios de resistencia activa, viva y cotidiana. El “fin de las utopías”, declarado por el orden neoliberal, instaló la idea de que “no hay alternativa”; las experiencias de artistas, grupos organizados, mujeres indígenas, comunicadores comunitarios, compartidas en el Laboratorio Ecua, evidencian lo contrario: las utopías concretas siguen vigentes; el extractivismo (minero, petrolero, los monocultivos, la crianza intensiva de ganado, los centros de datos, etc.), como modelo de reproducción de la estructura colonial en nuestros territorios, ha sido y es interpelado permanentemente por la acción comunitaria, política y creativa. 

En el terreno de la gestión cultural, estas prácticas concretas se desmarcan del antropocentrismo y la dicotonomía moderna cultura-naturaleza: las identidades culturales, la cultura material, las expresiones creativas de los pueblos amazónicos, y en general, de los pueblos y nacionalidades de Ecuador, sólo son comprensibles desde una interdependencia entre las dimensiones de la vida humana y no humana. Voy a poner un ejemplo: las políticas patrimoniales de gobiernos centrales o locales, protegen lenguas, alimentos, cantos ancestrales, como entes aislados, y a la par, esos mismos gobiernos dan paso a la depredación y desposesión de los territorios en los que estas expresiones se reproducen, cambian y se recrean. La poetisa y comunicadora, Lucila Lema, lo explico magistralmente en el Laboratorio Ecua, en una exposición sobre su proyecto Biblioteca Oraloteca: las afectaciones al territorio, la depredación de la diversidad de especies que lo habitan, depreda también las palabras que las nombran, las desparece, y con ello, los conocimientos y la memoria de los pueblos. Defender el territorio, es defender la lengua.

Como he señalado en otros ensayos, la cultura no es una externalidad que se suministra, es un bien común incomprensible sin el cuidado de otros bienes comunes: el agua, los bosques, las semilla, los páramos; recientemente, George Yúdice ha definido a estas acciones colectivas de cuidado de los bienes comunes como “gestión cultural regenerativa”. La cultura quichua y aymara hace referencia al ayni o la reciprocidad para el cuidado mutuo entre seres humanos y no humanos. Elvira Espejo también ha teorizado este principio en el campo de las artes con el concepto de crianza mutua. Todas estas ideas atraviesan los proyectos presentados en Laboratorio Ecua, se vuelven principios políticos, de organización y lucha. 

Uno de los desafíos más importantes de estos procesos es diseñar sistemas económicos cooperativos y solidarios, sobre los que se gesten alternativas de subsistencia (la artesanía, el turismo, la educación propia, etc.); la resistencia requiere de condiciones materiales y alianzas políticas para sostenerse, de ahí la importancia de la articulación de ideas, cuerpos e imaginación que facilitan espacio como este. Laboratorio Ecua dio un paso importante en este primer encuentro: ha generado alianzas y una plataforma para compartir acciones concretas que ensayan en el presente, futuros anticipatorios de aquello que podríamos ser como comunidad. Un futuro más justo está vivo en estas semillas que dejaron sembrando quienes nos antecedieron.